Artículo / El Universo Cultural

Autor / Jesús Marino Pascual

El parón en seco de la actividad está conllevando una lógica preocupación y la consiguiente reclamación de medidas económicas para paliar la vulnerabilidad de los más desfavorecidos y la falta de ingresos en los diferentes sectores de producción; entre ellos el de la Cultura.

 

No deja de ser sorprendente, a poco que se piense, cómo la atención a quienes son protagonistas de este sector se diluye, como si el hecho de ser populares los situara en un lugar privilegiado en el que no hubiera necesidad de hablar del hecho económico que también a ellos les afecta. Se confunde popularidad con posibilidad económica, que no siempre en la mayoría de los casos es verdad; de ahí que cuesta tenerlos en cuenta de la misma manera que al resto de los trabajadores y profesionales autónomos. Es como si todavía se pensara, desde luego de manera equívoca, que sus componentes son, un poco despectivamente, los profesionales de la farándula, de los del tiempo perdido, de la inconsistencia, de la diletancia, del arte de andar por casa, de la ligera comedia… ¡Titiriteros!, en definitiva, pero no trabajadores del Arte, de las emociones, de la creatividad, sí…¡pero trabajadores! Y, así, sus demandas parece que quedan en el olvido, mientras las del resto de los trabajadores, a quienes desde luego les asiste el mismo derecho, sí son tratadas con premura y consideración. Sin embargo, si nos alejamos de tópicos superficiales, su trabajo es aquel que representa la singularidad más elevada de lo que aporta el ser humano al conjunto de la sociedad.

 

Si nos acercamos en nuestra búsqueda  a la raíz intelectual del hecho creativo; una raíz cuyo origen desconocemos, pero que ilumina misteriosamente la inteligencia y el conocimiento humano, nos encontramos sin saber explicarnos de dónde surge, de donde procede esa luz, ese impulso. Su intangibilidad y excepcional característica, solo propia de los humanos, hacen que “la creación” sea el fenómeno más trascedente de su existencia y por ello su gran importancia en nuestras vidas. Y es, desde esta transcendencia, de donde debe surgir la valoración de la importancia y el respeto de la Cultura en cualquier situación.

 

Quizás, podemos diferenciar, en las distintas manifestaciones que conforman el universo cultural que nos envuelve, dos ámbitos cuya diferenciación no tiene un límite preciso y si difuso; o quizás no tiene un límite, pues se trata de una relación osmótica:

 

  • Por un lado, el patrimonio histórico-artístico en sus diferentes vertientes, del pasado, incluido el patrimonio inmaterial con sus tradiciones, formas de hacer y maneras de relacionarse con el Medio; su estudio, análisis y recreación.

 

  • Por otro, las manifestaciones artísticas contemporáneas, desde las artes escénicas: teatro, música, danza y cine, hasta la pintura, escultura, arquitectura, literatura, como la parte motriz de la actividad y evolución cultural, siempre producto de la creación e innovación.  Además de otras relacionadas con nuevos campos abiertos por la tecnología, etc.

 

En definitiva, todo ello resultado del conocimiento y la inteligencia aplicada por los humanos en su relación con su entorno y sociedad.

 

Pero si nos detenemos, vemos que tanto el conocimiento como la inteligencia del hombre, no son sino herramientas para la creación artística;  básicas y complejas, pero herramientas. Es con el soporte luminoso del brote de aquella raíz cuando, con el uso de estas dos poderosas herramientas, puede producirse un salto que no tiene medida posible, pero que nos eleva a un escalón superior; cuando ante una “creación” nos detenemos y la apreciamos emocionados, conmovidos. Allí, hay algo más que conocimiento e inteligencia, hay  “eso” que el  filósofo Javier Gomá define como ese estadio superior de la belleza que denomina “la calidad sentimental de una creación”. Se trata de un impulso que permite alcanzar, a través de la racionalidad, y superándola, ese “algo más”: la impresión de los sentidos. Es entonces, con ese “algo más” cuando experimentamos el hechizo.

 

¡Y es este el gran valor de la creación artística! En el que el raciocinio y la inteligencia se quedan cortos, solo son herramientas para alcanzar una “creación emotiva”.

 

La Creación requiere de otros ingredientes inmedibles y difícilmente describibles, pero que tienen que ver con el impulso vital, con una fuerza potente que surge del interior de algunas (o muchas) personas, pero que seguramente en todo ser humano está la semilla para desarrollarla y para vivir dicha experiencia. Se trata de la generación de una energía clarividente, que surge acompañada de la emoción, y al final queda plasmada, no sin desvelos y esfuerzo, en la búsqueda de esa creación emotiva. Esta semilla tan misteriosa y tan inmaterial que, parece, que solo podemos cultivar los humanos, ¿es solo propia del Alma?. Al menos hemos sido capaces de ponerle nombre.

 

Toda acción y recorrido en esa búsqueda conforma lo que denominamos como “Cultura”, ese concepto tan amplio y abstracto que tanto respeto merece. ¿Alguien puede pensar que una sociedad puede crecer sin espíritu crítico?¿Alguien puede medir la calidad de la sociedad únicamente por la materialidad de las cosas, dejando fuera las emociones del espíritu?.

 

Logroño, 27 de Abril de 2020

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